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31 agosto 2010

Para ser felices, saborear las alegrías de la vida



Duelo estival entre Dreamworks y Disney-Pixar, entre Shrek y Toy Story. El ogro verde, desagradable y encantador de la factoría de Spielberg ya ha estrenado su cuarta (y última) entrega. Los juguetes de Lassiter, el nuevo Walt Disney, lo harán dos semanas después en su tercera parte. 

Shrek, que en alemán significa miedo, está basado en el libro infantil ilustrado de William Steig (1990). Para hacer el personaje, los animadores se basaron en Maurice Tillet (1903-1955), un hombre sumamente inteligente (hablaba 14 idiomas, escribía poemas) que en su juventud desarrolló la acromegalia (aumento desmesurado de la cabeza y de los huesos). Emigró a EE UU como luchador de wrestling y se hizo llamar “el ogro del cuadrilátero”. Era un ser desproporcionado, de sonrisa amigable y mirada cálida.

En esta parodia de los cuentos de hadas podemos fijarnos en dos asuntos clave. Por una parte, Shrek vive una maravillosa existencia con su mujer, sus tres hijos (Farkle, Fergus y Felicia) y sus amigos Asno y Gato. Sin embargo, no se siente feliz porque ya no es el monstruo aterrador que vivía libremente en la ciénaga antes de rescatar a Fiona. Este “lobo domesticado” se compadece de sí mismo por ser una especie de atracción de feria con una vida rutinaria y aburrida. Desea volver, al menos por un día, a los “viejos tiempos”, cuando se comportaba como un ser antisocial e inspiraba terror. “La cabra tira al monte”, dice el refrán popular. El ogro (y con él muchos de nosotros) no valorará esa felicidad hasta que la pierda. Mira que son ganas de frustrar una existencia dichosa. Pero así son los ogros, o al menos los seres humanos.

Por otro lado, para aprovecharse de la situación está el malvado principal de la película, Rumpeltiltskin. Inspirado en un cuento de los hermanos Grimm de 1812, es un ser de apariencia normal pero de intenciones oscuras. Un estafador profesional, un usurero al que le traen al fresco los sentimientos de los demás porque desea sacar partido de ellos prometiendo una falsa felicidad, la material contrato en mano. ¿Nos suena, no? Son los Maddoff y compañía causantes de la actual crisis económico-financiera y de valores. Si los villanos de entregas anteriores de Shrek, como Lord Farquaad (un tirano con complejo de inferioridad), el Hada Madrina y el Príncipe Encantador se muestran como antagonistas poderosos, que luchan a cara (un enemigo a batir), éste parece un ciudadano indefenso, que no ha roto un plato. Rumpeltiltskin (en español llamado en los cuentos “el enano saltarín”) es el símbolo de la era de la codicia, de la burbuja financiera e inmobiliaria, de las hipotecas subprime, de todos los acuerdos con condiciones leoninas por las que muchas personas fantasearon sobre una felicidad material inmediata y disparatada sin atenerse a terribles consecuencias.

Shrek Felices para siempre nos aporta dos grandes lecciones. La importancia de saborear los placeres cotidianos, el aquí y el ahora, para disfrutar de la felicidad, que es, como han demostrado los expertos, no algo que se busca y se encuentra o se deja de encontrar, sino algo que se crea, que se construye, de la que hemos de sentirnos responsables, a partir de “prácticas deliberadas” como el agradecimiento, como poner la consciencia en lo diario (escuchando, mirando, olfateando, palpando, degustando), como una actitud sanamente optimista, como la generosidad con los demás… “La felicidad se hace, no se halla. Brota del interior, no viene de fuera”, nos enseñó Thomas Hardy. A Shrek le han cambiado las emociones, las causantes de su felicidad, y hacia ellas vuelve.

Por otro lado, la clave de todas las comunidades humanas (y especialmente de la sociedad actual) es la Confianza. Rumpeltiltskin es un ejemplo de desalmado que la pervierte en su beneficio. Que unos nos podamos fiar de los otros, que nuestras promesas mutuas sean de calidad, que sintamos que se van a cumplir. Cuando confundimos la incertidumbre propia de la globalización, de las nuevas tecnologías, de las demandas cambiantes, del desarrollo, con la falta de confianza (y, en consecuencia, con la falta de liderazgo) tenemos un serio problema. Cuando Shrek y los suyos actúan juntos, hacen piña, desenmascaran al villano y a sus secuaces las brujas (el miedo) y les destierran (uno no puede evitar recordar la final del Mundial, con La Roja contra un juego sucio y bronco del rival). No deja de ser curioso que el enano saltarín sea el único antagonista de la saga al que Shrek y los suyos no eliminan. Será porque con la codicia no se acaba jamás.

La última frase que Shrek le dice a Fiona, cuando cree que va a desaparecer para siempre, es: “¿Sabes qué ha sido lo mejor de este día? Que he tenido la oportunidad de enamorarme de ti otra vez?” Si fuéramos capaces de enamorarnos una y otra vez de personas y de cosas, en lugar de convertir el amor en rutina y en aburrida convivencia, sin duda seríamos muchos más felices, felices para siempre. Una gran lección del ogro verde y su pandilla.

Eurotalent
Publicado en Expansión y Empleo, en Julio de 2010

30 julio 2010

Cine de gestión: crisis de liderazgo y vampiros emocionales

CRISIS DE LIDERAZGO

El denominador común del cine de Sir Ridley Scott (una veintena de películas en los últimos 35 años, entre ellas clásicos como Alien, Blade Runner, Thelma y Louise o Gladiator) es la creación de “mundos completos”. En el espacio, en el mar (Tormenta blanca), en el ejército (La teniente O’Neil), en el descubrimiento de América (1492), en Oriente Medio (Red de Mentiras), en el Harlem negro (American ganster), en las cruzadas (El Reino de los Cielos), en un Japón asfixiante (Black rain) o en una sofisticada Florencia (Hannibal). En esta ocasión, su Robin Hood con Russell Crowe y Cate Blanchett nos cuenta el origen de la leyenda del “bandido de los pobres” pero el mundo al que se refiere no tanto el de la Inglaterra de principios del siglo XIII, sino al nuestro. A una crisis de liderazgo.

La película se inicia con la siguiente frase: “En épocas de tiranía e injusticia, cuando la tiranía oprime al pueblo, el forajido ocupa su lugar en la historia”. Forajido en tanto no se beneficia del orden establecido (del desorden, en realidad). Robin Longstride (Russell Crowe) es un arquero del Rey Ricardo Corazón de León al que ha acompañado a las cruzadas y a la conquista de Francia. El rey le reconoce como “un hombre valiente y sincero” (y a su compadre, el Pequeño John, como a una persona “que demuestra respeto por su enemigo”), pero una vez que el rey le ha decepcionado (“ya no le debo ni a Dios ni al hombre ni un momento de servidumbre”), vuelve a Inglaterra. El gobernante al que ha seguido se ha mostrado como un dilapidador y por ello decide abandonarle.

Robin Hood es un gran ejemplo de Liderazgo, puesto que con su espíritu de lucha, rebelde, marca la pauta: “escribiremos nuestro propio destino” y hace equipo con sus compinches arqueros con los que regresa a su país. En la espada que ha de entregar al rey Juan (Juan sin Tierra), puede leer una inscripción que le resulta familiar; “Alzaos una y otra vez hasta que los corderos se vuelvan leones”.

Ya en Inglaterra, Robin Hood se encuentra con un rey caprichoso, que sólo sirve a sus propios intereses, y que no piensa en sus súbditos. Recauda impuestos hasta el extremo y ha dejado escuálida a la población. Su principal apoyo, Lord Godfrey, anima a la confrontación (entre el rey y los nobles) para que Inglaterra pueda ser invadida por los franceses. Sin embargo, Robin Hood considera que “la tiranía conduce al fracaso”, que “un país se construye como una catedral, desde abajo hacia arriba” y que “no hay que rendirse jamás”.

Además, cumpliendo la promesa al moribundo Sir Robert Loxley, Robin conoce a Lady Marian (Cate Blanchett), que es una mujer de nuestro tiempo, luchadora y con ideas propias. El padre del difunto Sir Robert, Sir Walter (Max Von Sydow) es la conciencia del momento: “Los hombres olvidados son muy peligrosos” y “necesitan Liderazgo”. Por ello, “llegada la hora surge el hombre. No es preciso fingir más”.
Con la promesa de firmar la Carta Magna, los nobles rebeldes (y Robin Hood) se unen al Rey Juan para luchar contra el invasor francés y defender la libertad. Entonces tiene lugar la batalla final de la película, un prodigio técnico en las costas inglesas.

Sin embargo, tras el triunfo, Juan sin Tierra no firma el documento (tardará 16 años en hacerlo) y declara a Robin Hood forajido. Robin, lady Marian y sus “hombres felices” se retiran al bosque de Sherwood a ocultarse y desde allí se inicia la leyenda: robar a los ricos para dárselo a los pobres.

Robin es un ejemplo paradigmático de líder porque sabe lo que quiere y hacia dónde va, porque hace equipo (no hay líder sin equipo ni equipo sin líder) y porque infunde energía a los suyos (“la vida ha regresado. Tú se la has devuelto”, le comenta Sir Walter Loxley). Frente a tiranos más o menos “políticamente correctos”, este Robin Hood representa el esfuerzo de la sociedad civil por defender sus derechos.

Una gran película con un poderoso mensaje. Un héroe de todos los tiempos que, en su génesis, se rebeló contra la injusticia y por el bien de sus conciudadanos. Este Robin Hood de Ridley Scott (con excelente guión de Brian Helgeland) es una estupenda historia para que reflexionemos sobre la perversión del poder que no se basa en la autoridad moral sino en la coerción, sobre la necesidad de rebelarnos contra lo injusto y sobre el valor del liderazgo para una organización, para una empresa o para un país.


VAMPIROS EMOCIONALES

En esta difícil cartelera, en la que el Mundial de Sudáfrica complica la aparición de grandes estrenos, se ha colado una comedia española de Álvaro Saénz de Heredia titulada “La venganza de Ira Vamp”. Basada en la obra teatral “The Mystery of Irma Vep”, del británico Charles Ludlam, está protagonizada por Josema Yuste (ex Martes y Trece) y Florentino Fernández, que ya interpretaron la versión teatral hace un par de años.

La historia es la siguiente: Mansión de Mandacrest, en la campiña británica, alrededor de 1910. Lord Winston, un eminente egiptólogo que ha enviudado de lady Ira Vamp, se ha vuelto a casar con la cantante italiana Claretta Castafiore. Frida, el ama de llaves austriaca que dice frases como “Se atormenta una vecina”, le cuenta a Claretta la tragedia que ocurrió en la mansión unos años antes. El polifacético director Álvaro Saénz de Heredia busca que pasemos un buen rato apelando a un tema muy de actualidad: los vampiros (emocionales). Al fin y al cabo, Ira Vamp es Vamp-Ira.

Los “vampiros emocionales”, según el psicólogo Albert Bernstein, no quieren nuestra sangre, sino nuestra energía (y por tanto, nuestro compromiso, que es un multiplicador del talento). No son intrínsecamente malos, sino inmaduros como seres humanos (en consecuencia, no saben distinguir entre bondad y maldad). Son caprichosos, sólo atienden a sus necesidades y carecen de integridad. Hay cinco tipos de vampiros emocionales: antisociales (temerarios, vendemotos y bravucones), histriónicos (falsos, pasivo-agresivos), narcisistas (divos), obsesivo-compulsivos y paranoicos. En general, utilizan el miedo para conseguir la energía que están buscando.

Mientras nos reímos (unos más, otros menos) con las ocurrencias de la pareja formada por Josema y Flo, podemos pensar en cuál es el papel de los vampiros (emocionales) en la gestación y en la duración de esta crisis económica, que en realidad es una crisis de valores. En agosto de 2007, saltó la alarma por las hipotecas subprime que eran la punta del iceberg de los más variados comportamientos chupasangres. La crisis Ninja (prestar a personas sin ingresos, sin activos, sin trabajo) provocó el estallido de la burbuja inmobiliaria, el incremento desmesurado del déficit público y la situación actual de incertidumbre. Tres años después, no acabamos de ver la salida del túnel.

¿Cuál es el papel de los “vampiros emocionales” en esta crisis? Verdaderamente decisivo. Son quienes despertaron la codicia que llevó a un exceso de crédito, quienes han minado la confianza, los que han sembrado el panorama de desesperanza desde los medios de comunicación, la administración pública, las empresas privadas… Son los agoreros, los jefes tóxicos (cuatro de cada diez directivos en nuestro país), los que parecen alegrarse de las malas noticias a nuestro alrededor…

Frente a los “vampiros emocionales” no nos cabe otra que fomentar una actitud positiva. El optimismo, el entusiasmo, la confianza, la empatía nos liberan de esta peligrosa amenaza. Si visualizamos un futuro esperanzador, si nos marcamos retos ilusionantes, si elevamos nuestras capacidades, si aprendemos desde la humildad y saboreamos la vida y si fomentamos la colaboración, nos libraremos de ellos.

El Dr. Bernstein nos recomienda tres técnicas para defendernos de los “vampiros emocionales”:

- El control. Lo tenemos cada uno de nosotros, no los vampiros, que tratan de convencernos que no hay más opción que caer en sus redes. El futuro nos pertenece.

- La conexión. Los vampiros emocionales pretenden el aislamiento. La amistad y mantener los valores son los mejores aliados para evitarlo.

- La valentía. Hemos de enfrentarnos a nuestros miedos. Como ellos utilizan el terror como estrategia, hemos de ser valientes y perseguir nuestros sueños.

En definitiva, para vencer a los “vampiros emocionales” que condicionan nuestras vidas, debemos realizar deliberadamente una docena de actividades que, según la experta en Felicidad Sonja Lyubomirsky, marcan la diferencia:

1. Expresar gratitud
2. Cultivar el optimismo
3. Evitar pensar demasiado y la comparación social
4. Practicar la amabilidad (“la verdadera felicidad consiste en hacer felices a los demás”, Dalai Lama)
5. Cuidar las relaciones sociales
6. Desarrollar estrategias para afrontar (resiliencia, serenidad, aguante)
7. Aprender a perdonar
8. “Fluir” más
9. Saborear las alegrías de la vida
10. Comprometerte con tus objetivos
11. Practicar la religión y la espiritualidad
12. Ocuparte de tu cuerpo y de tu alma: meditar, actividad física, actuar como una persona feliz.

Sentido común, pero no práctica común. Si fuera la práctica más habitual en todos nosotros, la crisis se habría acabado ya.


Eurotalent.
Publicado en Expansión & Empleo, en Junio de 2010.

30 junio 2010

Las leyes de la vida



Entre comedias románticas a la mayor gloria de Jennifer Lopez, Alicias y dragones en 3D o la última obsesión de Julio Médem, podemos disfrutar en la cartelera de una superproducción europea, el documental más caro de la historia (50 millones de euros) tras cuatro años de rodaje en los cinco continentes. Un homenaje a la naturaleza que reúne los ideales platónicos: la Verdad (Océanos que contaminamos más que nunca y por los que nos preocupamos más que nunca), la Bondad y la Belleza (preciosas imágenes de ballenas gigantes, delfines saltarines, ejércitos de cangrejos, focas, aves acuáticas y pequeñas tortugas recién nacidas). Aristóteles le añadiría la utilidad. ¿Para qué le sirve a un profesional de la empresa, a un directivo, a un ejecutivo, ver una película como Océanos?

- Sostenibilidad: el propósito de la empresa como sistema vivo, para servir a los fines que le son propios, es sobrevivir. Ganar dinero no condición necesaria, pero nunca suficiente. Maximizar el beneficio es suicida. La clave de la sostenibilidad es el aprendizaje, que el ritmo de cambio sea igual o superior al del entorno (la ley de Revans). En Océanos vemos que “por necesidad, para sobrevivir, los animales recorren miles de kilómetros, una verdadera trashumancia en el mar”. La comodidad excesiva acaba con la existencia.
- Ecosistema: Ningún individuo es una isla. Nos necesitamos unos a otros en comunidades de aprendizaje. “El depredador se convierte en protector. El más pequeño puede convertirse en indispensable”. La vida es interdependencia.

- Aprovechamiento de oportunidades. La película define el mar como “un inmenso espacio de libertad” porque “la vida aprovecha cualquier oportunidad, cualquier incidente, el azar”. Un barco en naufragio se convierte en un refugio para plantas y animales. Por eso el presente es un regalo, como su nombre indica.

- Diversidad. “La diversidad es necesaria para nuestra propia existencia”. Sin diversidad, el aprendizaje es muy precario y la vida se debilita.

- De la jerarquía a la red. “¿Quién manda aquí?” te planteas al ver la película. La pirámide jerárquica es una construcción humana nada natural, que sirve de mausoleo.

Frente al modelo taylorista, mecanicista (la empresa como “ingenio” mecánico con sus engranajes) de “management científico” que se impuso durante el siglo pasado, el paradigma que se está imponiendo en el siglo XXI, en este cambio de época, es el biológico, el ecológico, aquél en el que la naturaleza marca la pauta para hacer bien las cosas. De controlar, competir, desconfiar a fluir, cooperar, confiar. Durante décadas, ecólogos como Ramón Margalef, H. T. Odum o Barry Commoner han propuesto a la economía y la empresa que sigamos las reglas naturales. Al concepto de biomímesis (la idea de que los sistemas productivos se inspiren en la naturaleza para hacerlos compatibles con la biosfera) le ha llegado su hora. 

La investigadora Janine M. Benyus estableció las diez propiedades de los sistemas naturales que debemos aplicar a nuestras organizaciones:

1. Funcionan a partir de la luz solar (en el mundo empresarial son la misión, la visión y los valores que nos “iluminan” y nos “dan calor”).
2. Usan solamente la energía imprescindible (son eficientes, austeros, en términos energéticos).
3. Adecúan forma y función (un diseño inteligente a partir de la estrategia).
4. Lo reciclan todo (ningún recurso se desaprovecha).
5. Recompensan la cooperación (no “trabajan en equipo”, “son” equipo).
6. Acumulan diversidad (a todos los niveles).
7. Contrarrestan los excesos desde el interior (la acción va de dentro a fuera y no al revés).
8. Utilizan la fuerza de sus límites (auto-superación como estilo).
9. Aprenden de su contexto (el Contexto influye en el Talento, tanto como la Capacidad y el Compromiso).
10. Cuidan de las generaciones futuras (el legado es esencial). 

Citando al biólogo Frederic Vester, la naturaleza es “la única empresa que no ha cerrado en 4.000 millones de años”. Buen ejemplo en un país como el nuestro que ve cerrar unas 200.000 empresas cada año. Porque, como dice Jorge Riechmann, no se trata de “volver a la naturaleza”, con todo lo regresivo que eso puede suponer, sino de aprender de ella, de aprovechar sus lecciones para construir organizaciones en las que las personas puedan mejorar su felicidad.

Ojalá esta crisis nos sirva para saber cambiar a tiempo y aprovechar las oportunidades que nos quedan. Esta Océanos, con relajante música de Bruno Colais, el compositor de Los chicos del coro, nos puede ayudar a detenernos durante un par de horas, reflexionar sobre lo que ocurre en nuestras compañías, y actuar en consecuencia. Sí, la naturaleza es la respuesta. “El sistema se desmonta y tenemos la oportunidad de cambiar el mundo” (Jordi Pigem, autor de Buena crisis).


Eurotalent

31 marzo 2010

Convertir la adversidad en un triunfo personal


En “Invictus” han concurrido tres circunstancias: la primera es El factor humano, el excelente relato del periodista británico afincado en Barcelona John Carlin (1956). Licenciado en filosofía inglesa por la Universidad de Oxford, Carlin había trabajado en México y América Central cuando se convirtió en el corresponsal en Johannesburgo del London Independent de 1989 a 1995. Vivió en primera persona el final del apartheid, la liberación de Mandela, su elección presidencial y el mundial de rugby que unió a esa nación. Con un tono periodístico maravilloso, narra en El factor humano el estilo de liderazgo de Madiba (como cariñosamente llaman sus compatriotas a Mandela), el anti-maquiavelismo de un líder que estuvo 27 años apresado y salió de la celda fortalecido, con un corazón generoso y una mente visionaria.

El segundo ingrediente es la amistad de Mandela con Morgan Freeman (1937), uno de los mejores actores de nuestro tiempo (“Paseando a Miss Daisy”, “Robin Hood”, “Cadena perpetua”, “Seven”, “Million dollar baby”, “Ahora o nunca”). Hace tiempo que Freeman quería interpretar al ex presidente sudafricano, pero no tenía un guión lo suficientemente bueno para hacerlo.

Y el tercer elemento es la búsqueda de Clint Eastwood (1930), considerado el favorito de Hollywood según el último “Harris Poll”. El tema del cine de Eastwood es la venganza, desde el heroico “Harry el Sucio” al pistolero viejo y viudo de “Sin perdón”, al fotógrafo de “Los puentes de Madison”, el veterano astronauta de “Space cowboys”, el entrenador de “Million dollar baby” o el jubilado de la Ford en “Gran Torino”. Una profunda evolución desde “el que la hace la paga” del lejano oeste a la lección de tolerancia de su película anterior y al valor y la sabiduría de Mandela en este Invictus.

La guinda a este pastel (una espléndida crónica periodística, un actor perfecto para el papel y un director de leyenda que ha encontrado lo que buscaba) es Matt Damon (1970), que interpreta a François Pienaar, el capitán de los Springboks (los antílopes, el equipo nacional de rugby). Este personaje es testigo privilegiado de una profunda transformación desde el odio de los blancos hacia los negros (y el deseo de revancha de éstos) a la integración de ambos en un proyecto nacional. Quienes hemos tenido el privilegio de poder visitar el Museo del Apartheid en Johannesburgo no dudamos de que se trata de un auténtico milagro.

Mandela es el líder más inspirador que nos queda. Sus cualidades de liderazgo (estar centrado en un firme propósito, un alto concepto de sí mismo como servidor público, optimismo, serenidad, autoeficacia, asunción de riesgos, adaptabilidad y resiliencia) son fantásticas. Como vemos en “Invictus”, para Mandela nadie es invisible: todos somos excepcionales. En sus palabras: “Hay pocas adversidades en este mundo que uno no pueda convertir en un triunfo personal si cuenta con una voluntad de hierro y las habilidades necesarias”. Mandela intuyó que el deporte (el rugby, el fútbol) puede cambiar el mundo.

En tiempos de enorme dificultad, con una tasa de desempleo que puede llegar al 20% de la población activa, un déficit público desbocado y una enorme sensación de desconfianza, “Invictus” es más que una película. Es la demostración palpable y relativamente reciente (estamos hablando de hechos reales de hace 15 años) de que la espiral de confrontación nos lleva a la destrucción, en tanto que la integración puede unir a un país. El perdón puede limpiar y cerrar profundas heridas. La reconciliación, el respeto a las opiniones ajenas, la tolerancia, hacen grandes a una comunidad. 

Somos un país que se siente muy orgulloso de sus deportistas (de “La Roja”, campeona de Europa, invicta en la clasificación del mundial y nº 1 del ranking FIFA; de nuestra selección de baloncesto, vigente campeona de Europa y del mundo; de nuestros héroes de la Copa Davis, bicampeones; de Alberto Contador, Fernando Alonso, Rafa Nadal, Pau Gasol…) y que no se siente nada orgulloso de sus dirigentes (la clase política es la tercera preocupación de la ciudadanía, tras el paro y la situación económica). La altiva improvisación de unos, que van por libre con nulo sentido autocrítico, y la irresponsabilidad de otros, que tratan de sacar réditos electorales del desprecio y la arrogancia, han provocado un clima de desconfianza tal (descenso drástico del consumo y la inversión, destrucción de puestos de trabajo, récord de ahorro) que estamos en el furgón de cola de la recuperación económica.

¿Por qué no aplicamos los valores de nuestro deporte (la seguridad en nosotros mismos, la serenidad y perspectiva, el optimismo, el espíritu de superación, el respeto por el rival, la influencia sana y positiva) a nuestra sociedad? A Mandela le ha servido de inspiración el poema “Invictus” (indomable) de William Henley, que finaliza así: “No importa cuán estrecho sea el camino,/ cuán cargada de castigo la sentencia./ Soy el amo de mi destino;/ soy el capitán de mi alma.” Sí, somos los amos de nuestros destinos, somos los capitanes de nuestras almas. Juntos.
Mandela es la prueba fehaciente de que es posible. Deberíamos seguir su ejemplo. Es el mejor servicio que podemos prestarle como líder.


Eurotalent.
Publicado en El Mundo, el 7 de Febrero de 2010.

26 febrero 2010

Apostar por lo relevante para superar la crisis


A muchos Love happens, protagonizada por Jennifer Aniston y Aaron Eckhart, les puede pasar inadvertida como una comedia romántica más, compitiendo con No es tan fácil de Meryl Streep. Y sin embargo, va más allá. Se trata de un interesante melodrama sobre la pérdida de los seres queridos y cómo enfrentarse a ella para salir adelante.

La historia trata del doctor Burke Ryan, autor del best seller Yo me siento bien (A-Okay. A path through grief), que imparte durante cinco días un seminario en Seatte, la ciudad en la que murió su esposa hace tres años en un accidente de automóvil y donde viven sus suegros. Burke, que según la tipología de Myers-Briggs es un sanador (introspectivo, cooperador, informativo y atento a los demás; un idealista gran comunicador que empatiza con los demás), tiene como agente a Lane, un gestor (práctico, realista, directo al grano y centrado en los negocios). Un tándem cervantino, en el que Lane es una especie de Sancho Panza (ambiciona un contrato con una multinacional del espectáculo y un jet privado) y el doctor Ryan un exitoso Don Quijote (busca ayudar a los demás). Sin embargo, mantienen una excelente relación personal y completan adecuadamente sus talentos haciendo equipo.

‘Workshop’ de la felicidad
El director y guionista de Love happens, Brandon Camp, ha estructurado la película como un workshop con cinco jornadas: “La felicidad es un estado de ánimo”, “Cuestionario personal”, “Aceptar el cambio”, “Enfrentarse al miedo” y “Nuevas perspectivas”. Como dice el protagonista en la primera escena de la película: “si la vida te da limones, o pones cara de amargado, o haces con ellos una limonada”. A lo largo de la cinta, vemos que los participantes en el seminario pasan por encima de las brasas (como hace el gurú Anthony Robbins en sus talleres), se atreven a expresar sus sentimientos, a recordar a los difuntos “no cómo murieron, sino cómo vivieron” y realizan planes de acción encaminados hacia el futuro.
Es particularmente interesante el caso de Walter, un contratista que ha perdido a su hijo de doce años al caer de un andamio y que desde entonces ha perdido su trabajo, ha sido abandonado por su esposa y no se atreve ni a entrar en una ferretería, por lo que se gana la vida miserablemente limpiando ventanas. Convencido por su hermana, se resiste a hacer el seminario pero va logrando una profunda transformación personal.

Lo interesante es que el doctor Burke Ryan no aplica lo que predica (como, por otra parte les ocurre a muchos líderes). Aconseja a los demás cómo salir adelante (perspectiva, valentía, optimismo), pero no se atreve a hacerlo con su propia vida. No fue capaz de asistir al entierro de su esposa, tiene fobia a los ascensores y no mantiene contacto alguno con sus suegros. Como las cosas ocurren por casualidad, conoce a Eloise Chandler (Jennifer Aniston), una emprendedora con una tienda de flores que trabaja para el hotel donde Burke se aloja y realiza el taller de autoayuda. Eloise no es afortunada en el amor (le gustan los chicos rebeldes de muy dudosa fidelidad) y considera que “su vida es un manual de decisiones equivocadas”, pero ayuda a Burke a ayudarse a sí mismo, a tener coraje para salir adelante y marcar su destino.

La resistencia al cambio
Cuando pensamos en superar el dolor, hemos de referirnos a Elizabeth Kübler-Ross (1926-2004), la psiquiatra suiza especializada que estableció la secuencia del duelo. Los asistentes al seminario del doctor Ryan llegan con el shock emocional que les ha “paralizado” y salen fortalecidos en plena decathesis. En una docena de libros, Elizabeth Kübler-Ross nos enseñó que “no es que la vida sea corta; es que a veces no descubrimos hasta muy tarde lo que realmente importa”.

El asesor guatemalteco Ramiro Ponce Figueroa considera, acertadamente, que estas etapas son las mismas del manejo de la resistencia al cambio. En un momento de crisis, como la actual, solemos quedarnos bloqueados, negamos la realidad, aparece la ira y la tristeza. Y sin embargo, si sabemos transitar por todas las etapas del duelo, podemos salir adelante.

Ésta es, como dice Álex Rovira, una “buena crisis”: “Superar una crisis –la crisis- no es volver a ‘tener’ sino conseguir ‘ser’, afrontar cada instante con dignidad, esperanza y sentido de realidad”, porque “la crisis será lo que hagas de ella”. ¿La lección? En palabras de Álex: “Comprábamos con dinero que no teníamos cosas que en realidad no necesitábamos para impresionar a quienes no conocíamos o no nos caía bien”. Un delirio colectivo.

“Vivir bien quiere decir aprender a amar” (Elizabeth Kübler-Ross). Ojalá que de la crisis actual, esta crisis global, sistémica, de valores, podamos aprender a apostar por lo verdaderamente relevante.


Eurotalent.
Publicado en El Mundo, el 10 de Enero de 2010.

29 enero 2010

Avatar



Para finalizar el 2009 y continuando con la buena costumbre del formato cineforum que desde hace ya unos años venimos realizando junto a APD, pudimos disfrutar de uno de los taquillazos de las navidades, Avatar del “titánico” James Cameron. Y digo, “pudimos disfrutar” porque realmente lo hicimos, o por lo menos el que suscribe, ya que tanto la compañía (clientes y amigos), como la proyección y el posterior debate, fueron realmente entretenidas.

Que decir de Avatar… Pues que las más de dos horas y media de metraje, vuelan. Ser la cinta más cara del cine tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, pero en este caso el Sr. Cameron, consigue transportarnos a un nuevo mundo y la verdad es que el viaje merece la pena.

Muchas líneas se han escrito acerca de la impresionante tecnología que Cameron iba a utilizar para la que sería la película que cambiaría la historia del cine… Pues sinceramente, ni tanto ni tan calvo. La película impresiona técnicamente hablando. Se mezclan la imagen real, los personajes y paisajes creados por ordenador y el 3D de forma increíble. Aún así, no se ha reinventado el 3D, ni estamos hablando de cine en una cuarta dimensión… Lo interesante de esta película, creo yo, es cómo Cameron ha utilizado la tecnología como medio para contar la historia y hacerla más creíble a ojos del espectador. Las bondades de la tecnología…

A pesar de la brillantez de la forma, creo que la película peca por escasez en el fondo. Avatar tiene un mucho de cine de aventuras, un bastante de ciencia ficción y un poco de romántico. Vamos, que los que no pudisteis acompañarnos, no os aburriréis si pagáis la entrada.

Por todo esto es por lo que este director, a pesar de los pesares, ha sabido darle una vuelta de tuerca a la industria creando un nuevo taquillazo con ingredientes para todos los públicos. “No risk, no win” que decía un buen amigo.

Tras ver la película, contamos esta vez con los sagaces comentarios de Isabel Aguilera, ex Directora General de Google y de General Electric para España y actual Consejera de Indra y de APD. Asimismo también nos acompañó Orestes Wensell, Director Territoral de Creade Lee Hecht Harrison, que junto con nuestro Presidente Juan Carlos Cubeiro, comentaron los constantes guiños que la película hace a nuestro mundo, ese trasfondo ecológico a lo Al Gore, ese trabajo conjunto guiado por un adecuadísimo liderazgo, que hace que finalmente “gane quien tiene que ganar”, y esas “nuevas maneras de hacer” sin las cuales, será imposible obtener resultados distintos.

En definitiva, una muy buena tarde/noche y recomendable al 100 por 100. Nos vemos en el próximo cineforum.


Eurotalent

30 noviembre 2009

Falacias macro


En sus cinco primeras películas, Alejandro Amenábar ha cultivado diversos géneros: el thriller (Tesis), la ciencia-ficción (Abre los ojos), el terror (Los otros), la biografía (Mar adentro) y el cine histórico, “las de romanos” (Ágora). Y sin embargo, su obra repite dos patrones: el juego entre la vida y la muerte (“la filosofía es una meditación de la muerte”, Erasmo de Rótterdam) y la búsqueda de la verdad.

Ágora es la historia de Hipatia de Alejandría, filósofa, matemática y astrónoma, una gran maestra del siglo V asesinada por el fanatismo oscurantista. La película nos invita a la reflexión sobre el fervor que conduce a la violencia y sobre la enorme importancia de una actitud tolerante. Como ha dicho el propio Amenábar: “Lo que me resulta increíble es que aún haya chavales poniendo bombas. Este film va dirigido a ellos”.

Richard Florida, el padre del concepto de Clase Creativa (las comunidades humanas, sean ciudades, estados, países, etc. que cuentan con mayor cantidad de clase creativa se desarrollan más que el resto), ha introducido, junto al Talento y la Tecnología, la T de Tolerancia en el modelo. Hasta tal punto es esencial en el entorno globalizado actual. El término procede de la física (alude a la capacidad de los materiales de ser flexibles) y hoy se entiende como el respeto a las ideas, creencias y prácticas de los demás cuando son diferentes a las propias. Las comunidades tolerantes son las más atractivas para el Talento, las que más innovan, en las que mejor se vive. 

Tolerancia. Aborrecemos la violencia cuando se presenta en el asesinato de inocentes, de personas virtuosas como Hipatia de Alejandría; nos repugna el fanatismo de los atentados terroristas. No puede ser de otra manera. Sin embargo, con mayor frecuencia se presenta la intolerancia de una forma más sutil. Es intolerante aquella organización que, cuando vienen mal dadas, “corta por lo sano” y prescinde inmediatamente de muchos de sus profesionales. Son intolerantes los ejecutivos de una empresa cuando, en una fusión, desprecian y eliminan la cultura corporativa de la compañía absorbida. O los que crean “equipos” de clónicos, con el mismo género, la misma edad, los mismos estudios, la misma experiencia.

Es intolerante aquel empleado tóxico que fomenta el mal ambiente de trabajo, que lo hace irrespirable. Son intolerantes los políticos que atacan a sus rivales simplemente porque no piensan como ellos. Son intolerantes los periodistas que dogmatizan y generan un estado general de ansiedad. Ser tolerante no significa el “todo vale” posmodernista, actuar como una veleta en función del viento (“mercadear con la fe”, como dice Hipatia en esta película). Significa mantener unas creencias profundas, arraigadas, y respetar sinceramente las posiciones ajenas. La tolerancia es una de las principales virtudes humanas y, según los estudios internacionales, los españoles no salimos bien parados de este capítulo.

La tolerancia es la otra cara de la Diversidad. No somos realmente tolerantes si no sabemos aprovechar adecuadamente la diversidad que existe a nuestro alrededor. Por ejemplo, la diversidad de género. En la mayoría de las películas de Amenabar (Ana Torrent en Tesis, Nicole Kidman en Los otros y ahora la filósofa Hipatia), la “heroína” lucha en un mundo de hombres. En nuestras organizaciones en general el talento femenino no se aprovecha como debiera.


Eurotalent.
Publicado en Expansión y Empleo, en Octubre de 2009.

30 octubre 2009

La mafia, un tipo de empresa


Agallas es la ópera prima de Samuel Martín y Andrés Luque, dos realizadores de TVE, con guión de Javier Echaniz y Javier Gil Bengoa. Rodada en Galicia, trata de la relación entre un delincuente de poca monta, Sebas (Hugo Silva) y su jefe, Regueira (Carmelo Gómez), un capo del narcotráfico que conduce un Jaguar descapotable y tiene como tapadera una empresa conservera.

El guión es ingenioso, no sólo por los sucesivos giros sino por frases como la que Regueira le dice a Sebas: “La verdad, agallas no te faltan. Las agallas están bien; muy bien. Pero a la larga lo que cuentan son las escamas, ¿entiendes?”, “La diferencia entre un listo y un listillo, es que el listillo piensa y hace. El listo piensa, piensa otra vez, piensa un poquito más y después hace” o “Nosotros somos de los que hacen lo que hay que hacer. Hay otros que no hacen lo que hay que hacer”.

La relación entre ambos no es precisamente la de maestro y discípulo, porque la confianza brilla por su ausencia. El capo Regueira no se fía del novato (ni de nadie, en realidad) ni Sebas admira especialmente lo que ha logrado su jefe. Y ya se sabe, si falta la confianza, que es la argamasa social, las puñaladas traperas llegarán antes o después (más bien antes). Sorprende en la película que prácticamente todo el reparto está formado por “malos”, gente codiciosa, que va a lo suyo, que no colabora, que te la va a jugar en cuanto te descuides. 

Es de agradecer en la película, además de la excelente interpretación, la calidad del guión, el ritmo y la fotografía, que la historia sea de aquí. Hemos visto mafiosos elegantes desde El padrino a Uno de los nuestros, mafiosos cutres como en Gomorra, la mitificación de un mafioso como Dillinger (Johnny Depp) en Enemigos públicos, pero (hasta ahora) no al capo mafioso gallego con camisa de cuadros y mirada permanente de desconfianza, que saluda “cariñosamente” a sus vecinos.

¿Por qué el cine negro nos fascina tanto? Tal vez, porque no está tan lejos como nos imaginamos. En su libro Te haré una oferta que no podrás rechazar, Michael Franzese, hijo de un capo y él mismo uno de los mafiosos que más dinero hizo ganar a “La Cosa Nostra” desde Al Capone, nos cuenta, tras haber dejado “el negocio”, que la mafia representa el 1’1% del PIB de EEUU y que tiene muchas semejanzas con otros “sectores” económicos. En sus palabras: “no me cabe la menor duda de que muchos de los ejecutivos de la Mafia que tuvieron éxito en los negocios del crimen organizado habrían tenido el mismo éxito en las salas de juntas y en los despachos de las empresas de Estados Unidos”. Una declaración que pone los pelos de punta.

Franzese va más allá. Nos enseña que el estilo mafioso de hacer negocios está inspirado en Nicolás Maquiavelo: “El Príncipe es para la Mafia lo que la Biblia para los cristianos”. Siguiendo al florentino, “la política no tiene ninguna relación con la moral”, “el fin justifica los medios”. En consecuencia, las personas y las organizaciones que aplican el maquiavelismo son, lógicamente, mafiosas. Dice Franzese que “Henry Ford aplicó la estrategia de Maquiavelo en los años en los que convirtió su empresa en uno de los gigantes empresariales de los Estados Unidos”. Taylorismo igual a maquiavelismo (el dinero importa más que las personas). Es más, Franzese nos recuerda que “el señor Ford era un antisemita declarado, ávido admirador de la Alemania nazi. Adolf Hitler siempre tenía un retrato natural de Ford cerca de su mesa de despacho. “Considero a Henry Ford mi fuente de inspiración”, declaró Hitler a un periodista del Detroit News dos años antes de convertirse en canciller alemán en 1933. Posteriormente, Ford recibiría la Gran Cruz del Águila Alemana, la máxima condecoración otorgada por la Alemania nazi a ciudadanos extranjeros.” Entonces, ¿la guerra que comenzó hace 70 años la ganó, económicamente, el taylorismo?

Mientras rodaban Agallas, al reparto les enseñaban las casas de los capos: todos sabían quiénes eran y su poder para infundir miedo.


Eurotalent.

30 septiembre 2009

Sonidos de Tokio


¿De qué va Mapa de los sonidos de Tokio? De un padre destrozado por el suicidio de su hija (Midori), del novio de ésta (David) y de una asesina a sueldo que hace doble vida como limpiadora en el mercado de pescado (Ryu) y que, encargada por el padre, de matar al novio, no puede hacerlo porque se relaciona con él. Todo esto, narrado por un grabador de sonidos amigo de Ryu. Pero en realidad el argumento no importa. El Mapa es una excusa de Isabel Coixet para adentrarnos, con cariño y fascinación pero sin pasarse, en una ciudad como la capital japonesa. Si Ridley Scott, después de hacer Blade Runner, encontró en Osaka la realidad de sus pesadillas futuristas (Black Rain) y Sofía Coppola nos convertía en unos turistas más en Japón, sintiéndonos extraterrestres (Lost in Translation), Isabel demuestra que adora la cultura del país del sol naciente y generosamente quiere transmitirnos sus peculiaridades, desde la comida a sus cementerios.

Quien quiera ver esta cinta, ha de estar preparado para un distinto ritmo temporal. Según Steve Taylor, profesor de la universidad de Manchester y autor de Creando el tiempo, “no hay necesidad de que el tiempo nos oprima tanto. Podemos hacer que transcurra más despacio e incluso trascenderlo totalmente. El tiempo no tiene por qué dominarnos: nosotros podemos controlarlo. Es muy sensato que, para vivir lo máximo posible, procuremos comer alimentos saludables y hacer ejercicio, pero también podemos alargar la vida aumentando la cantidad de tiempo que sentimos. Para conseguirlo, debemos saber por qué el tiempo parece transcurrir a distinta velocidad en diferentes situaciones.” El profesor Taylor nos enseña que la velocidad del tiempo está determinada por la cantidad de impresiones que registra nuestra mente. Por ello, para los niños, que todo es nuevo, el tiempo pasa lentamente. Para los adultos anclados en la rutina, pasa muy deprisa.

Y eso es precisamente lo que hace Isabel Coixet con nosotros como espectadores: ofrecernos experiencias nuevas, para congelar la plena consciencia del momento. No es algo fácil (a algunos espectadores que estaban en la sala, la película les ha parecido lentísima, un rollo), pero es muy interesante si así te lo tomas. Por eso, la novelización de la película que hace Isabel (64 “cintas”) se inicia con una cita de Junichiro Tanizaki en su Elogio de la sombra: “Cuando los occidentales hablan de ‘los misterios de Oriente’ es muy posible que con ello se refieran a esa calma algo inquietante que genera la sombra.”

Primer impacto visual: Roppongi Hills. Unos directivos, japoneses y occidentales, están comiendo sushi sobre una modelo desnuda. Beben cerveza, sake y vodka. “Tiene que haber otra forma de hacer negocios”, dice hastiado Nagara-san, el padre de Midori. “Sí, pero no es tan rentable”, le responde su ejecutivo principal, Isoza-san. En ese momento, al señor Nagara le dan, por teléfono, la noticia del suicidio de su hija. Esta escena es como de película japonesa: el dolor del padre, rompiéndolo todo, la chica huyendo, el resto de los comensales, divertidos y ajenos a lo que está pasando.

Segundo impacto: el mercado de Tsujiki a las cuatro de la mañana. Manipuladoras de pescado que después se duchan y se limpian con jabón (nada que ver con las conserveras de Los lunes al sol, avergonzadas de sí mismas). Tercero: un bar de ramen en Koenji; los japoneses sorben sonoramente la sopa. El grabador de sonidos nos recuerda al protagonista de La vida de los otros, pero en este caso su “voyeurismo auditivo” no está justificado por las órdenes de la Stasi, sino por el mercado audiovisual (graba y vende) y por su propio placer (es un ser acompañante, pasivo). Y otros impactos: el cementerio de Ueno (Ryu va a limpiar las tumbas de aquéllos a los que ha asesinado por encargo): “El silencio de un cementerio en verano es como ningún otro silencio del mundo. Nunca rompimos ese silencio”. El último mensaje de la suicida, en su apartamento de Omotesando: “¿Por qué no me amaste tanto como yo te amé a ti?”

Hasta ahora hemos “sentido” dolor, rencor, silencio. Pero surge el personaje de David, un catalán que regenta una tienda de vinos (Vinidiana), en el que comprobamos que, tan lejos, pueden disfrutar de los deliciosos caldos de Torres. Ryu y el señor Isoza se citan en un parque de atracciones kitsch, Hanayashiki, y realizan su “transacción” (la foto de David, el dinero) en una cabina de la noria. David le seduce a Ryu de alguna forma (“¿sensual? No sabía que había vinos sensuales” “Todo puede ser sensual”; le ofrece probar un vino del año de su nacimiento (1980), “tu dinero no sirve aquí”, le pide que le salve la vida: “No puedo cenar solo esta noche. Si ceno solo esta noche, beberé demasiado y, si bebo demasiado, me pondré horriblemente triste y, si me pongo horriblemente triste, lloraré, la gente se burlará de mí y empezaré a pensar en todas las razones que tengo para hacerme el harakiri”. La iniciativa de David, encantadora, contrasta en Ryu con la pasividad del grabador de sonidos, tediosa.

David y Ryu toman una sopa de ramen (ella hace ruido sorbiendo la sopa, él no) en Shimokitazawa. Ríen juntos (definitivamente, es cuando la conquista). Después pasean, hablan de pachinko (un juego de bolitas luminosas que te aturde e hipnotiza), de karaoke, de la novia de David que se suicidó hace un mes. Bueno, en realidad habla él y ella escucha: “Todas esas chorradas sobre la diferencia entre los japoneses y el resto del mundo… No somos tan diferentes, al menos los hombres no lo somos. Los hombres somos exactamente igual de capullos en todos los países; yo he hecho exactamente lo que cualquier hombre del mundo, africano, americano, japonés, francés…: sólo he hablado de mí y no te he hecho una sola pregunta sobre ti, si vives sola o con alguien, dónde trabajas, las cosas que te gustan…” 

Después van a un “Love hotel”, el Bastille, una torre Eiffel de color rosa que emite ráfagas de luz verde. Eligen una habitación que reproduce un vagón de metro, y hacen el amor (con rabia, con profunda tristeza, él recordando a su novia fallecida, ella dejándose llevar). Allí irán varias veces (David es “un hombre honesto sin alma. Eso da mucho miedo”), seremos espectadores del sexo oral de un catador de vinos a una limpiadora de pescado (“estoy muy orgullosa de haber dirigido la escena en que David se saca un pelito de la boca después de hacerle un cunnilingus a Ryu”, ha declarado la Coixet) y escuchamos la preciosa versión de Hibari Misora de La vie en rose. Todo un descubrimiento. El grabador de sonidos se da cuenta de que “(desde que Ryu estaba con David) había un brillo nuevo en sus ojos. Sólo su silencio era el mismo”.

Nagara-san, a quien vemos ausente en una reunión del consejo de su empresa en Aoama, desea venganza. Y su fiel Isoza, a falta de Ryu, se la va a proporcionar (este episodio me recordó a la madrastra de Blancanieves y al lacayo incapaz de matarla). David piensa volverse a Barcelona y Yoshi, que se va a quedar la tienda de vinos, le comenta: “sé que no es asunto mío y, aun a riesgo de dinamitar la idea que los occidentales tenéis de la discreción oriental, voy a hacerlo: Midori se creía sus propias películas. Midori había escuchado demasiadas veces Madame Butterfly. Midori no se suicidó porque no la quisieras o porque no supieras hacerla feliz o porque una vez llegaras media hora tarde a una cita o en un restaurante miraras diez segundos de más a la camarera. Midori se suicidó para fastidiar a su padre y de paso fastidiarte a ti. No me parece una razón suficiente para que siga jodiéndote la vida después de muerta”.

Ryu cree que la gente no cambia (“La única cosa a la que temía Ryu era al miedo. Y al amor, claro”). Cuando David se va a despedir de ella en el mercado de pescado, aparece Isoza-san y, al disparar a David, Ryu se interpone. “Sé que a Ryu le hubiera gustado saber que, cuando volvió a Barcelona, él pasó un tiempo sin saber quién era ni donde estaba”. Monta una tienda de productos japoneses, hace catas de sake, ve pelis como Tokio story, de Ozu, una y otra vez… “Y aunque se casó y tuvo un hijo, siempre guardó en su corazón un cuarto secreto en forma de vagón de metro donde alguna que otra vez, cuando su vida se le antojaba completamente irreal, le esperaba Ryu.” Me ha recordado al final de El Príncipe de las mareas (aquella película de Barbra Streisand y Nick Nolte, basada en una excelente novela).

Último impacto. El narrador, el grabador de sonidos limpia la tumba de Ryu. “El deseo que Ryu escribió en las tablillas del templo de Kamagome se cumplió”. Los románticos empedernidos podemos pensar que era conocer el Amor.

Isabel Coixet me ha contagiado su “nipónfilia”. Ella, que siempre habla en sus pelis de personajes solos, disfruta de su hija Zoe (12 años, cuatro más que la mía) y prepara nuevos proyectos. Reconozco que hay que educar en cierto modo la mirada (y la audición) para degustar un cine tan exquisito.

El Mapa no es el territorio. Pero puede guiarnos por él, si sabemos aprovecharlo con franca humildad, capacidad de observación y valentía.


CAERÁN COMO MOSCAS


Mi amigo José Mari Ulazia tiene la generosidad de alimentarme de belleza cuando me lleva a maravillosos parajes de Euskadi y alimentarme de reflexión cuando dialogamos sobre las organizaciones, la sociedad y el futuro. Ayer me mandó un artículo del Diario Vasco del 20 de agosto. Es una entrevista de Cristina Gómez Torrego a Koldo Saratxaga, titulada: “Las empresas caerán como moscas porque tienen un modelo caduco”.

Conozco y aprecio a Koldo Saratxaga desde hace mucho tiempo. Me lo presentó precisamente José Mari en un foro, el Foro de Elgoibar, en el que hablamos de muchísimas cosas. Koldo es un gran amante de la libertad y de la aplicación de la libertad en las organizaciones. He dicho en varias ocasiones que es un auténtico Quijote, un maravilloso Quijote, luchando contra los molinos del inmovilismo, del taylorismo. Y demostró en su día, como Coordinador (máximo responsable) del Proyecto Irízar, que su modelo, el humanista, funciona (Irízar era la cooperativa más rentable y probablemente la más innovadora de MCC, de Mondragón). Pero eso es historia. Cuando Cristina le pregunta por las lecciones de Irízar para esta crisis, Koldo responde: “Dejé Irízar hace cuatro años y desde entonces he estado en veinte organizaciones. Lo de Irízar es pasado.” El mejor Koldo es el actual, el que asesora desde K2Kemocionando.

El 19 de agosto dio la conferencia ¿Son las personas libres en las organizaciones actuales?, en el curso de verano de la UPV Euskadi, país de profesionales innovadores y creativos que se celebró en el Palacio de Miramar (San Sebastián) Desgraciadamente, no he podido escuchar la conferencia, pero a partir del artículo del DV me permito extraer algunas de las ideas de Koldo:

- “Hay que cambiar el modelo educativo porque tiene muy poca libertad. Te pasas la vida viendo nucas y espaldas y a un señor o señora que te cuenta un rollo durante seis horas. Es una búsqueda de la solución a corto plazo. Es una educación impartida por personas mayores y enfocada al trabajo, no a las relaciones humanas, no para personas que le quedan 80 años de vida”:

- “Las nuevas tecnologías tienen que servir para impulsar la creatividad y el profesor tiene que ser un animador que facilite la comprensión, la comunicación, la participación, la discusión desde niños, el respeto de otras opiniones”.

- “Necesitamos un modelo en el que nos sintamos más actores y menos títeres. Las organizaciones tienen un modelo de 1913, caduco, que tiene todo menos libertad. Los procesos vienen marcados en una pirámide que hay muy poco de aportar, muy poco que compartir y muy poca visión de futuro. Así no podemos hacer que las organizaciones sean creativas”.

- “La innovación es una consecuencia de las personas con sus capacidades innatas creativas y emprendedoras que tengan la oportunidad de utilizarlas y de equivocarse. Para eso hace falta que las organizaciones den oportunidades para que esa capacidad innata surja, tengan nuevas experiencias y conocimientos. Innovar es una dinámica, un sentimiento; es algo vivo”.

- “La estrategia es ilusionar. Y eso se consigue con transparencia con los trabajadores. Y sabiendo lo que está pasando en la empresa y así tomar decisiones entre todos, no sólo los dueños y los ejecutivos. Y esto tiene que ver con la confianza. Si no hay confianza no hay proyecto común, ningún trabajador apuesta por la empresa, se limita a cumplir sus ocho horas y se va. Para que haya confianza se necesita comunicación y transparencia y así los trabajadores además de la fuerza pondrán su ilusión, su pasión y se cerebro en su labor diaria”. 

- “Las medidas anticrisis son parches. Mientras no cambie el modelo y la sociedad se implique no habrá mejoría, porque seguiremos siendo una sociedad pasiva”:

- “En realidad no estamos saliendo de la crisis económica ni de la crisis de valores ni de la crisis de desequilibrio que existe. No puede ser que el 20% de la población tenga el 80% de los recursos o que el 1% posea el 35%. Tenemos que educarnos en la eficiencia, en el respeto a la sociedad y a la naturaleza”.
Suscribo al 100% el pensamiento y el sentimiento de Koldo. Educación participativa, confianza, transparencia, libertad en lo que él llama “un nuevo modelo de relaciones humanas”. Eso es lo que logra compromiso e innovación.

Y soy optimista, porque las nuevas tecnologías, los jóvenes y las mujeres y la creciente importancia del clima laboral, lo que el francés Ralph Hababou llama “la generación W” (por Web, Women y Weather), transformarán el mundo. Es el paso de la sociedad mecanicista (jerarquía) a la sociedad en red (participación), de la sociedad material (de los objetos) a la inmaterial (de las ideas), de la sociedad industrial (de consumo) a la sociedad noética (de la inteligencia). Estamos en tránsito. Y por ello, en el camino, una sociedad del espectáculo como la actual. PO-DE-MOS


Eurotalent.

Los hombres que no amaban a sus empresas


El pasado 18 de Junio salió a la venta en castellano La reina en el palacio de las corrientes de aire, último volumen de la trilogía policíaca Millenium, de Stieg Larsson. Casi en paralelo, se ha estrenado la versión cinematográfica de la primera novela, “Män som hatar kivnor”, aquí traducida por Los hombres que no amaban a las mujeres (en el original sueco, Los hombres que odian a las mujeres, esto es, “los misóginos”), que en Suecia vendió tres millones de ejemplares (en una población de nueve millones de habitantes) y aquí está batiendo récords.

La cinta, bastante fiel a la novela teniendo en cuenta que dura dos horas y media y trata de condensar unas 700 páginas de texto, trata de un periodista de investigación, Mikael Blomkvist, que ha sido condenado por injurias y calumnias a un empresario. Alma, de la revista Millenium, decide dejar durante una temporada la publicación y aceptar el encargo de un tal Henrik Vanger, patriarca de una saga empresarial y tío de Harriet Vanger, desaparecida hace 36 años durante una verbena estival cuando era una adolescente de 16. Para avanzar en la investigación, se traslada a la isla de Hereby, donde reside buena parte de la familia Vanger, y colaborará con él Lisbeth Salander, una joven con extraordinario talento para la investigación, socialmente inadaptada y verdadera protagonista de la trilogía. Salander es una ciberpunk llena de tatuajes (la película en inglés se llama La chica con el tatuaje de dragón), de veintipocos años, 1’5 metros de estatura y 42 kilos de peso, una especie de Pippi Calzaslargas reconvertida en hacker, que ha vivido la violencia en sus propias carnes. De hecho, Larsson nos comenta en sus novelas que en Suecia el 46% de las mujeres ha sufrido violencia por un hombre, el 13% ha sufrido violencia sexual extrema fuera de sus relaciones personales y el 92% de las víctimas no lo ha denunciado a la policía. Cifras aterradoras para un país moderno, limpio, educado, diplomático en el que podría subyacer una realidad propia de un thriller. Probablemente por ello, las obras de Stieg Larsson, escritas con ritmo periodístico, gustan tanto. Hay otros mundos, pero están en éste.

En el relato, la familia Vanger es una dinastía empresarial que en los años 30 competían con los Wallenberg (familia de banqueros e industriales con inversiones en SAAB, Ericsson, SAS, ABB o Scania). En su oscuro pasado, hay Vanger que son violentos, nazis y misóginos. Tiranos incapaces de convertir sus negocios en verdaderas empresas.

Desgraciadamente, en los difíciles momentos actuales observamos a nuestro alrededor, y no en Suecia sino en nuestro país, “empresarios” y “directivos” que aprovechan la crisis para ceder ante sus peores tentaciones e hipotecar, tal vez de forma decisiva, el futuro de sus compañías. Ejecutivos poco profesionales que desoyen los consejos del sabio Peter Drucker ("debido a que el propósito de una empresa es crear clientes, toda organización tiene dos y solamente dos funciones básicas: marketing e innovación”) y destruyen los departamentos de marketing, de RRHH, las labores de innovación, cuando no fomentan la agresividad, el cortoplacismo, el individualismo, el miedo atroz y el sometimiento.

Son hombres (en su mayoría, puesto que la mayor parte de las empresas es incapaz de aprovechar como debe el talento femenino) que “no aman a sus empresas”, puesto que comportándose indebidamente las conducen hacia su desaparición. El propósito de toda empresa, como comunidad humana, como organismo vivo, no es maximizar el beneficio sino sobrevivir. La sostenibilidad requiere de perspectiva, de humildad, de humanidad, de sensatez en definitiva, y no de necedad, algo tan común en estos tiempos.

Se trata de un cambio de modelo. Pero no de modelo productivo (que ningún gobierno, sea del signo que sea, puede imponer) sino de modelo directivo. Fernando Trías de Bes nos recuerda en su último libro que en el año 2000 había en nuestro país 64.780 inmobiliarias, que se multiplicaron hasta alcanzar las 172.851 compañías. De ellas, sólo 140 tenían más de 100 trabajadores. Dos tercios de esas “empresas” no tenían ni un asalariado. La mayor parte de esas inmobiliarias, ligadas al 11% del PIB español, ¿eran verdaderas empresas o simples “negocietes”, al calor del desarrollo urbanístico?

Los directivos no aman a sus empresas si carecen de una estrategia definida, de un plan claro y comunicado de futuro; si no cuentan con un diseño organizativo con roles bien especificados, con responsabilidades concretas; si no comunican –interna y externamente- como deben; si no se comportan como líderes versátiles sino como jefes tóxicos; si fomentan climas de desconfianza, cuando no de terror, en lugar de ambientes laborales de satisfacción, rendimiento y desarrollo; si no disponen a todos los niveles de perfiles de talento (aptitud, actitud, compromiso) para la meritocracia y optan por el nepotismo y el amiguismo; si desprecian los valores humanistas e imponen el salvajismo; si engañan a sus profesionales (que son sus clientes internos) y por ende a sus clientes finales. Esos directivos son pésimos gestores que acabarán con sus organizaciones.

La agresividad y la chapuza, a la orden del día. Esperemos que dure poco. Los optimistas creemos que, después de todo, se impondrá la cordura y el sentido común.


Eurotalent.
Publicado en Expansión y empleo, el 27 de Junio de 2009

29 mayo 2009

Un hombre bueno


En la última escena de la película “El Gladiador”, la hija de Marco Aurelio mira con tristeza al General Máximus que yace muerto en la arena del Coliseo y plantea una pregunta a los senadores y al pueblo de Roma, “¿Merece Roma la vida de un buen hombre?”. Es una magnífica pregunta: invita a una profunda reflexión.

Mis esfuerzos para entender y trasmitir el liderazgo me han llevado a investigar a Abraham Lincoln, quien como Máximus también dio su vida por su país. Según profundizaba en mi investigación, iba descubriendo a un ser humano increíble; un ser humano que poseía una verdadera bondad, virtud que no se espera encontrar en un político. Con el paso de los meses vi que era imposible estudiar a Lincoln sin desarrollar un gran afecto por él y cuando llegué a leer la descripción del día en que le abatieron sentí una melancólica tristeza y me planteé la pregunta, ¿pero su país realmente merecía la vida de una persona tan buena? No tengo la respuesta pero estoy seguro de que Lincoln creía que sí.

La clave de su hipotética respuesta afirmativa la veo en que tenía una claridad absoluta sobre sus razones por las que estaba dispuesto a encarrilar a su país a una terrible guerra civil, que costó la vida a más de un millón de personas en vez de sencillamente permitir la secesión de los estados del sur. Lincoln lo describió con una elocuente precisión en su famoso discurso de Gettysburg, cuando decía que aquellos que perdieron sus vidas en aquellos campos de batalla lo hicieron para que “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no se borrara de la Tierra".

Lincoln, mucho más que cualquier otro hombre de su época, entendía por qué tenía que librar la guerra y la necesidad de hacerlo con tenacidad hasta la victoria final para la Unión. Entendía que el experimento de auto-gobierno, es decir, de seres humanos democráticamente auto-gobernándose, era joven y frágil, y tenía que ser defendido con la vida. Creía que esta forma de gobierno ofrecía a la raza humana la mejor posibilidad para crear las circunstancias en las cuales las personas podrían vivir en paz y hacer de sí mismos lo que quisieran. Era un experimento sobre la libertad de ser. La aguda inteligencia de Lincoln para ver este concepto con tanta lucidez es abrumadora y le marca como el político más grade de su tiempo. Pero lo que le hace aún más grande es que consigue salvar a su país sin renunciar a su propia bondad.

Esta bondad se ve en la manera en que daba nuevas oportunidades a personas que le habían traicionado porque su país necesitaba sus habilidades. Se ve en su voluntad de asumir la responsabilidad por las acciones de un miembro de su gabinete que comete un grave error. Se ve por su enorme generosidad en la política de reconstrucción. Primero perdonó a los combatientes del sur que dejaron la Unión, y empezaron la guerra, pero luego les facilitó su participación en la reconstrucción y futuro de los estados secesionistas utilizando dinero del norte. Se ve en su tolerancia a la hora de escuchar a personas que tenían ideas diferentes de las suyas y en su magnanimidad al reconocerles públicamente, cuando ejecutó sus ideas. Se ve en su lealtad a políticos y generales dándoles nuevas oportunidades tras los primeros fracasos. Y, finalmente, se ve en su coraje para mantener el buen humor animando a otros miembros de su gobierno y a su pueblo en los momentos más oscuros de la guerra, incluso durante periodos de máxima tragedia personal como la perdida de su hijo de 10 años. 

Ciento cuarenta y cuatro años después, su país no es perfecto pero quizá su creencia en que los seres humanos podemos auto-gobernarnos ofreciéndonos la posibilidad de vivir libres y realizarnos, sí se ha comprobado. La elección del presidente Obama nos hace creer que este país es hoy algo más merecedor de la muerte de un buen hombre, de Abraham Lincoln. 

De una manera muy diferente los Consejeros Delegados de las grandes empresas también dan sus vidas por sus organizaciones. Sé que ganan un salario alto y que tienen otros extras, pero también sé por haber estado muy cerca de muchos, que yo no cambiaría mi vida por las suyas. Sus vidas casi pertenecen a sus organizaciones.

En mi trabajo con Consejeros Delegados he visto de todo, hombres fríos, calculadores y sin escrúpulos, pero también personas integras, generosas y visionarias. Hombres tan buenos como Lincoln. Y, en estos casos, la pregunta es la misma, ¿merece nuestra empresa la vida de uno de estos hombres buenos? O quizás la pregunta se transforma en ¿cómo debería ser nuestra organización para merecer la vida de un hombre bueno que nos ofrece ser nuestro líder? En estos días de cambio que vivimos, puede que sea una pregunta clave. No tengo la respuesta pero veo que la calidad de lo que producimos, su utilidad para nuestra sociedad; la transparencia y la honestidad con que gestionamos nuestras relaciones y la integridad de nuestras acciones, tiene algo que ver con la respuesta. 


Douglas McEncroe, director de Douglas McEncroe Group
Publicado en Expansión, en Mayo de 2009

30 abril 2009

Identidades y roles


Pedro Almodóvar abre el que será un gran año para el cine español, con estrenos de películas de Amenábar, Fernando Trueba o Isabel Coixet. Ya se sabe, en las crisis es cuando la creatividad se pone más a prueba. Los abrazos rotos es, según sus mismas palabras, un particular homenaje del director manchego al séptimo arte. Y es que, según algunos de nosotros que nos dedicamos a la gestión del talento, el cine es el método del caso del siglo XXI. Por eso este drama con aires de cine negro, esta historia de “amour fou” (cine dentro del cine) es una gran invitación a reflexionar sobre lo valioso, sobre las identidades, sobre el afecto. Un prolongado abrazo, eterno en una foto, que queda roto para siempre.

Lanzarote, 1994. Mateo Blanco (personaje interpretado por Lluis Homar), director y guionista, sufre un accidente de automóvil en el que pierde la vista y a Lena, su mujer (Penélope Cruz). Su seudónimo como escritor de relatos, Harry Caine, se convierte en su única identidad y pierde la original. En su oscuridad, ve reducida su existencia a su rol, a su papel como guionista, y fantasea con que Lena y Mateo se quedaron juntos para siempre en esa isla canaria. Lleva su discapacidad visual entre la ironía y el disfrute, con la ayuda de su directora de producción, Judit (Blanca Portillo), y del hijo de ésta, Diego, que le hace de secretario y lazarillo. Diego tiene un accidente, Harry cuida de él y, a petición del convaleciente, le cuenta la trágica historia que tuvo lugar 14 años antes. Lena Rivero era una joven actriz proveniente de un entorno rural que rodaba una comedia, “Chicas y maletas” (una especie de “Mujeres al borde…”), en la que Mateo Blanco era el director, Judit García la directora de producción, Ernesto Mantel (José Luis Gómez) el productor (el que paga la película, para controlar a su “chica”) y su hijo el encargado de rodar el “Cómo se hizo”. Un drama dentro de una comedia. Como la vida misma. 

Ante la crisis, como en la película, muchos optan por la “ceguera” (no es casualidad que también se haya estrenado estos días la versión cinematográfica de “Ensayo sobre la ceguera”, de José Saramago), por no querer ver la situación, por no coger el toro por los cuernos y por elegir el rol (el seudónimo, como Harry Caine) en lugar de la verdadera identidad, por no ser protagonista sino víctima. Hasta que uno no asume realmente qué ha pasado y vive su duelo, la transformación no es posible.

Lena es una especie de Audrey Hepburn, más parecida en realidad –Almodóvar dixit- a la replicante de Blade Runner, con todas las características de una “femme fatale”: belleza espectacular, extracción humilde, precariedad económica. Un diamante en bruto. Su “novio”, un broker de la cultura del pelotazo de los 80 (y tal vez también de la crisis de avaricia que nos ha llevado hasta aquí), carente de escrúpulos, es un “empresario” que no sabe nada del séptimo arte ni le interesa, que produce una película para atar a su posesión. Un adinerado que usa a las personas como “recursos”. 

La genialidad de Los abrazos rotos es que vemos la película desde el “making off”, como si en una empresa analizáramos la organización no por los productos y servicios que ofrece a sus clientes, sino por las relaciones (afectivas, emocionales) que circulan entre las personas que trabajan en ella. La escalera como escena clave de la película y como símbolo de la promoción y de la desvinculación. Lena le dice a Ernesto que no le quiere, y todos lo observamos. Lena le abandona en la pantalla y en la vida (es el absentismo, físico y/o emocional, la pérdida de talento de la que se quejan muchas organizaciones), la doble humillación que surge como respuesta a la falta de tacto, a la falta de empatía, a la falta de respeto, a la falta de interés, a la falta de auténtico cariño. Y Lanzarote como refugio de amor para dos personas que realmente se quieren… hasta que sobreviene la tragedia.

El tándem, la unidad esencial del Liderazgo, se torna, se pervierte, en mera duplicidad. Mateo y Harry son uno mismo, hasta que dejan de serlo. Magdalena es también Pina, la mala actriz de “Chicas y maletas”. Ernesto Martel hijo es una sombra de su padre. Duplicaciones que no aportan valor, sino que lo restan. Dos caras de la misma moneda, como el cine y la realidad. Sólo Mateo y Lena forman un tándem sinérgico, que les hace felices. Un abrazo que se rompe para siempre.

En fin, que a Pedro Almodóvar su 17ª película le ha salido bordada: una obra de arte. Mucho talento femenino (Penélope Cruz, Blanca Portillo, Ángela Molina, Chus Lampreave, Kiti Manver, Lola Dueñas, Mariola Fuentes, Carmen Macchi, Kira Miró), dos actorazos (Lluis Homar, José Luis Gómez) y una gran historia, en la que los “mancheguismos” no pueden faltar. Estilo propio. Una reflexión profunda sobre la traición, los celos, la ambición, el afecto… que no puede dejarnos indiferente.

Muchas empresas en estos momentos difíciles son como un thriller, como ese cine negro de los años 50 fruto de la guerra fría. Un melodrama. Pedro Almodóvar nos lo enseña descarnadamente.


Eurotalent

31 marzo 2009

Australia


El estreno de Australia en Australia levantó grandes expectativas; se esperaba la versión australiana de Lo que el viento se llevó. Pero a la crítica no le ha gustado, siendo especialmente dura en el mayor país de Oceanía donde los críticos locales han llegado a la crueldad con nuestra Nicole Kidman, quien por primera vez no ha pasado las navidades en su Sydney natal. Si bien es cierto que no es su mejor interpretación, resulta entretenida y la que el director australiano Baz Luhrmann ha buscado: exagerada, como Moulin Rouge, con la que alcanzó la fama mundial. Kidman interpreta el papel de Lady Sarah Ashely, una inglesa remilgada que llega a la gran isla para controlar el rancho de su marido. Allí conoce a Drover, un arriero de ganado al que da vida el también australiano Hugh Jackman. 

A riesgo de ser fusilado, tengo que confesar que Australia me gustó. Es cierto que peca de excesivo sentimentalismo, pero ¿qué se espera de una épica romántica? La fotografía es espectacular, el joven actor aborigen increíble y la historia entretenida. Pero además toca temas potentes, como el tremendo coraje de nuestros antepasados para forjar este país. Su lucha tenaz para de una naturaleza salvaje, crear las grandes granjas y ganaderías, hoy las más eficaces del mundo. También refleja la lucha de personas honestas enfrentadas a un poder corrupto, y cómo esta tentativa inspira a más y más personas para unirse a su causa. Pero sobre todo, trata de la reconciliación entre dos pueblos: el europeo y el aborigen en su intento de crear una nueva realidad.

Sin duda, en Australia el tema racial se trata con superficialidad. El choque entre estas dos culturas ha sido brutal y lamentable. Aún así Australia ha progresado hasta ser una de las naciones más democráticas del mundo, con un nivel de igualdad que no he visto en ningún otro país. Lo crucial es que hay un deseo, por ambas partes, de reconciliación, evidenciado en el perdón oficial ofrecido por el Primer Ministro con el apoyo de la amplia mayoría de australianos. Esto es algo nuevo.
Cruce de caminos
La cinta deja un buen sabor: el triunfo de la honesta tenacidad sobre la mezquindad desde el espíritu realista pero optimista del pueblo australiano y con la creencia de que con una visión o un sueño de lo que quieres conseguir y esfuerzo se puede alcanzar. 

Y en estos tiempos de crisis, es necesario transmitir esperanza, como lo hace la cinta. He sobrevivido a dos recesiones y he visto cómo en épocas difíciles muchas organizaciones promocionan a financieros para ser consejeros delegados. Estos perfiles son fantásticos en lo suyo pero suelen ser nefastos dirigiendo empresas. En tiempos de recesión su respuesta es cortar gastos y reducir plantilla. Hoy se ve mucho... No niego la importancia de controlar gastos pero no inspirarás a tu equipo o a tu empresa a luchar sólo cortando gastos y echando a tus compañeros. Es precisamente la lección de Australia: cómo un pintoresco equipo -una aristócrata inglesa, un competente vaquero australiano blanco, un vaquero aborigen, una mujer, un borracho y un niño-, crean una nueva realidad, allí en el desierto.

Hoy más que nunca se necesitan proyectos que inspiren a las personas a sacrificarse en pos de algo mayor que conseguir un mejor retorno para los accionistas. En una situación de crisis hay que unir, no dividir. Así la promesa de reconciliación entre dos pueblos en Australia también nos puede servir de inspiración para sobrevivir a la crisis. 

En las organizaciones hay facciones, grupos enfrentados, con puntos de vista e incluso intereses diferentes. Ya es hora de reconciliarse, de encontrar un proyecto y un liderazgo capaz de unir por encima de intereses individuales. Puede ser un nuevo servicio, un producto innovador, una manera de aportar a la sociedad. Y si se hace bien, habrá resultados, aunque no son los beneficios los que crean el futuro, sino el proyecto compartido de quienes lo hacen. En 2009 los obstáculos parecen enormes, pero como la pintoresca pandilla en Australia, nosotros también podremos.


Douglas McEnroe, Director de Douglas McEnroe Group
Publicado en Expansión y Empleo, en Enero de 2009

Vicky, Penélope, Alcobendas


La última película de Woody Allen (para Richard Florida, padre del concepto de clase creativa y fan de Allen, la mejor obra del genio neoyorquino en los últimos años) nos ha ofrecido un inesperado y emotivo final. Concebida para difundir en el mundo la imagen de la Ciudad Condal, a partir de la nominación de Penélope Cruz al Óscar a la mejor actriz de reparto y su triunfo el pasado domingo, ha puesto en el mapa mundial del talento artístico no a Barcelona, o no sólo a Barcelona, sino a una localidad del norte de Madrid. Durante su discurso de aceptación del premio, nuestra Pe comentó: 'Nací en un lugar llamado Alcobendas', para destacar que en su infancia trasnochaba ilusionada por ver la gala en directo. Un sueño hecho realidad. Probablemente, más extranjeros han escuchado Alcobendas en esa tarde, en hora de California, del domingo 22 de febrero, que en toda la historia de la humanidad. Impresionante.

Así funciona el GPS creativo: el sistema de posicionamiento global que sirve, en las artes, en las ciencias o en la empresa, para atraer, fidelizar y desarrollar el talento. Como el talento es poner en valor lo que uno sabe, quiere y puede hacer, las personas, los equipos, las empresas, las ciudades, los Estados y cualquier otro modelo de comunidad humana han de contar lo que hacen, darlo a conocer, para aparecer en este mapa del talento. Para ser percibidos, posicionados, en la Liga Mundial del Talento. El marketing sin talento es una falacia; el talento sin marketing, un desperdicio.

Penélope Cruz mencionó a su ciudad natal ante centenares de millones de todo el mundo y Alcobendas (que se describe a sí misma como un modelo de ciudad) se ha aprestado a nombrarla hija adoptiva. Su mayor embajadora. Si hace un año, en estas mismas páginas, me refería al talento de Javier Bardem (y anunciaba, en la línea final, que iba a participar en Vicky Cristina Barcelona), ahora la premiada es su pareja en la cinta, la actriz Penélope Cruz. Una joven que sabe que el talento se desarrolla: de ahí a su agradecimiento a los directores que confiaron en ella, como Bigas Luna (Jamón jamón), Fernando Trueba (La niña de tus ojos) o Pedro Almodóvar (Volver). Una artista dispuesta a vivir una década en Hollywood (donde le han ofrecido papeles mediocres) para estar en la capital mundial de su industria. Una intérprete que ha aprovechado en 2008 dos circunstancias que ha convertido, desde la exigencia y la excelencia, en enormes oportunidades: Elegy, de Isabel Coixet, frente a Ben Kingsley, y la mencionada Vicky Cristina Barcelona, comedia ligera en la que, a diferencia de las dos actrices protagonistas, entre ellas Scarlett Johansson, que se lo tomaron como un divertimento, está que se sale. Cruz ya pertenece por derecho propio al Olimpo del talento cinematográfico. Tenemos actriz para rato. De momento, nos esperan los próximos meses dos grandes interpretaciones suyas en Los abrazos rotos, la última de Almodóvar, y Nine, el musical de Rob Marshall.

¿Qué nos ha enseñado Pe con esta actitud? Que todos debemos reconocer con qué disfrutamos (la base de nuestro verdadero talento) y dedicarnos con todas nuestras fuerzas a ser los mejores en nuestra profesión. En un mundo global (la 81ª gala de los Óscar fue presentada por un australiano, la gran vencedora fue una película sobre India y la reina indiscutible, una chica de Alcobendas), las oportunidades se multiplican exponencialmente. Cuando los latinos ponemos nuestra pasión natural en cierta autodisciplina (incluyendo algún nivel de inglés), el éxito está a nuestro alcance, no nos quepa duda. Por otro lado, la ceremonia de entrega de los Óscar ha marcado el tono de EE UU (y espero que del mundo) con la llegada de Barack Obama a la presidencia. Podemos verlo en claves como:

Optimismo. Ha ganado la película más optimista (Slumdog Millionaire) en un año de caballeros oscuros, de recuerdos del holocausto, de vejez, de presidentes tramposos o de perdedores redimidos.

Versatilidad. El cuarentón Hugh Jackman ('el hombre más sexy del planeta', según las encuestas), ha superado a su antecesor Billy Crystal, porque canta, baila e interpreta. Jackman es a Obama lo que Crystal a George W. Bush, básicamente, Crystal era un graciosillo para entretener al personal.

Cercanía. No sólo física entre los candidatos y los presentadores, sino emocional.
Enorme respeto. La presentación, uno por uno, de los candidatos por los ganadores de años anteriores fue un ejercicio de reconocimiento profesional imborrable. Todos ganan cuando hay aprecio.

Austeridad. Desde la parodia inicial de las cinco películas más importantes (con unos medios ínfimos) y a lo largo de toda la gala. Si hay ingenio, no hacen falta dispendios.

Elegancia. 'Tenemos un elegante presidente de los Estados Unidos', dijo el carismático Sean Penn al recibir el Óscar por su interpretación de Harvey Milk. Fue una exhibición de buen gusto.

Tolerancia. Hacia los gays y lesbianas, las minorías étnicas, las distintas religiones y la diversidad generacional.

Gratitud. Orgullo hacia la profesión.

Estamos en un cambio de ciclo, de la codicia a la esperanza, y se nota. Lástima que la crispación, el juego sucio y el miedo cerval a la crisis no nos permitan advertirlo en nuestro país… todavía.


Eurotalent
Publicado en Cinco Días, en Marzo de 2009

31 diciembre 2008

Los mejores libros y las mejores pelis del año


LOS MEJORES LIBROS:

Estamos de balance de 2008, el año de la crisis, y hemos de reconocer que en lo que respecta a los libros de dirección empresarial (especialmente los escritos por autores españoles), la cosecha ha sido muy fructífera. 

La cantidad y calidad de los textos escritos por nuestros compatriotas ha sido asombrosa. Por ello, me permito elaborar una lista de autores españoles y otra de autores extranjeros.

Management español
10. El éxito en seis cafés, de Pino Bethencourt. Las claves del networking, contadas de una forma amena y práctica. Muy recomendable.

9. Dirección por misiones. Cómo crear empresas de alto rendimiento, de Pablo Cardona y Carlos Rey. La importancia de la misión en la empresa. 

8. En clave de talento, de Antonio Pamos et al. Una serie de consultores de nuestro país explican ejemplos empresariales de cambio.

7. Euforia y pánico, de Oriol Amat. La crisis actual, bien explicada. Y qué hacer para salir de ella.

6. Así es Amancio Ortega, el hombre que creó Zara, de Covadonga O’Shea. Una biografía sobre el mayor empresario de nuestro país de la que podemos aprender mucho, en términos de valores.

5. De ti depende, de Ignacio Álvarez de Mon. Un alegato por el compromiso personal y la automotivación, a través de reflexiones y valiosas historias. 

4. Vivir es un asunto urgente, de Mario Alonso Puig. Mario es cirujano, profesor, conferenciante y mil cosas más. En su nuevo libro, nos habla del estrés (del bueno y del malo) y de las emociones. Enseñanzas muy valiosas de una gran persona.

3. Los tacones de Oz, de Rubén Turienzo. Una fábula actualizada del mito de Oz, en clave de liderazgo femenino.

2. Confianza, de José María Gasalla y Leila Navarro. Más necesaria que nunca, la Confianza se desvela en esta obra del profesor Gasalla y de una gran inspiradora brasileña. Interesantísima.

1. La mujer líder, de Marta Romo. Marta ha escrito un libro brillante, sobre un tema fascinante: el Talento femenino. Y lo ha hecho a través de una profunda reflexión y una serie de entrevistas a mujeres referentes. La mujer líder inaugura una categoría dentro de los libros de dirección empresarial y liderazgo.

Management internacional
10. Brand Inmortality (La inmortalidad de la marca), de Maishi Pringle y Peter Field. Dos grandes expertos en marcas nos explican las claves, con ejemplos de Nokia, Sony, Niké, Apple y Virgin. 

9. Johnny Bunko, de Daniel Pink. El primer libro de gestión en manga. Un relato sobre cómo ser feliz y dirigir tu carrera profesional. Lo deberían leer todos los que se incorporan y reincorporan al mercado laboral. 

8. Los diez mandamientos para arruinarte, de Donald Keough. Las principales causas del fracaso y cómo evitarlas. 

7. Say it like Obama (Dilo como Obama), de Shell Leane. Una ex McKinsey, ex Morgan Stanley y profesora de Harvard nos enseña el estilo de Barack Obama (propósito y visión) para comunicar. Fascinante. 

6. La senda del líder, del Dalai Lama y Laurens van der Muyzenberg. Un consultor holandés y el premio Nóbel de la paz dialogan sobre liderazgo, budismo, felicidad y organizaciones eficaces.

5. El cisne negro, de Nassim Nicholas Taleb. Es el triunfo de lo altamente improbable. Un texto que sorprende, con valiosas lecciones.

4. Talent is overrated (El Talento está sobrevalorado), de Geoff Colvin. El editor de la revista Fortune repasa lo último que sabemos sobre el Talento. Un alegato por el aprendizaje focalizado y el esfuerzo, no por un don innato. 

3. Transparencia, de Warren Bennis, Daniel Goleman y James O’Toole. Tres referentes absolutos del Liderazgo nos hablan de la importancia de la sinceridad, la claridad y la transparencia para generar confianza.

3. Outliers (Sobresalientes), de Malcolm Gladwell. Este sociólogo, autor de best-sellers como The Tipping point o Blink, se plantea qué tienen en común los que destacan en sus profesiones. Talento al rojo vivo. 

2. A Sense of Urgency (Sensación de urgencia), de John Kotter. El profesor de Liderazgo de Harvard profundiza en la gestión del cambio.

1. Una nueva mente, de Daniel Pink. Por fin en castellano A whole new mind, el libro que inaugura la Era Conceptual. Imprescindible.

LAS MEJORES PELIS:

El cine, como arte, es muy subjetivo. Por tanto, sirva este repaso del año en lo que a las películas se refiere como una mera opinión. He separado el cine español del cine internacional. 

Cine español
10. Bienvenido a Farewell-Gutmann, de Xavi Puebla. La sucesión del Director de Recursos Humanos en una empresa multinacional. Inquietante.

9. Casual day, de Max Lemcke. Una empresa como tantas, que decide hacer un “outdoortraining”. Sarcástica como pocas. 

8. Cobardes, de José Corbacho y Juan Cruz. El acoso escolar y su circunstancia. Una reflexión profunda sobre una triste realidad social.

7. Los crímenes de Oxford, de Álex de la Iglesia. Una novela interesante sobre números y personas.

6. Todos estamos invitados, de Manuel Gutiérrez Aragón. Una película valiente sobre la ETA y el País Vasco.

5. Camino, de Javier Fesser. La inocencia infantil, las creencias religiosas, una historia de dolor y sufrimiento. 

4. Los girasoles ciegos, de José Luis Cuerda. Toma uno de los relatos del libro original, sobre la guerra civil, y lo convierte en una metáfora de la intolerancia. 

3. Una palabra tuya, de Ángeles González Sinde. La Presidenta de la Academia convierte el texto de Elvira Lindo en una hermosa historia sobre la amistad y la vida. 

2. Elegy, de Isabel Coixet. La directora catalana nos da una nueva lección de emociones, belleza interior y reflexiones sobre el ser humano.

1. Los cronocrímenes, de Nacho Vigalondo. Una obra maestra del género de ciencia-ficción. La prueba de que la imaginación no requiere de muchos medios.

Cine internacional
10. Noches de Tormenta, de George C. Wolfe. Basada en la novela de Nicholas Sparks, un drama romántico sobre dos personas que se necesitaban sin saberlo.

9. Che, el argentino, de Steven Soderbergh. El icono de la revolución es diseccionado en sus comportamientos y sus opiniones.

8. Cuatro meses, tres semanas y dos días, de Cristian Mungiu. Un drama rumano en torno al aborto. Impresionante 

7. Red de mentiras, de Ridley Scott. El viejo maestro recrea un mundo completo: esta vez, el de Oriente Medio y los servicios de inteligencia.

6. Madagascar 2, del Eric Darnell y Tom McGrath . Aventuras de cuatro animales del zoo de Nueva York, que esta vez vuelven a África. Diálogos irónicos para adultos.

5. El caballero oscuro, de Christopher Nolan. Esta secuela de Batman levantó enormes expectativas. Interesante, pero no creo que sea la mejor película del año. 

4. Gomorra, de Matteo Garrone. Casi un documental sobre la mafia italiana, sin el glamour de El padrino. 

3. Kung Fu Panda, de John Stevenson y Mark Osbrne. Cualquiera puede triunfar si quiere… y tiene un buen coach para lograrlo.

2. El niño con el pijama a rayas, de Mark Herman. Una excelente traslación a la pantalla grande de una muy conmovedora novela de John Boyne.

1. La ola, de Dennis Gansel. La autocracia está más cerca de lo que pensamos. Una película alemana que da que pensar… y mucho.


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