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29 agosto 2008

Deportes, juegos olímpicos y globalización


Teniendo en cuenta la proximidad de los juegos olímpicos en Pekín, esta reflexión alude a los mismos, como “mega eventos”. La globalización y los procesos que emergen de la misma constituyen uno de los grandes desafíos científicos de nuestro siglo. En la actualidad y particularmente en las ciencias sociales, casi todo está influenciado por la globalización. Esto resulta evidente en los deportes, particularmente en los juegos olímpicos, así como en otros sectores de la cultura y la sociedad contemporánea. 

En relación a ello y en ocasión de la inauguración de los mismos, en Atenas, durante el año 2004, el entonces ministro George Papandreou señaló: 

“Esperamos revivir algunas de las antiguas tradiciones en las Olimpiadas. En este siglo, en el que compartimos la aldea global, los juegos Olímpicos, constituyen un evento que logra aglutinar personas de distintas partes del mundo. No solo los gobiernos, sino también a los ciudadanos del mundo, a las personas de la calle a través de la televisión y los medios de comunicación”.

Puso el énfasis en resaltar el legado del Helenismo en contraposición al de la globalización. Resaltando que se ha de descubrir el deporte, como un fenómeno social relevante, que se orienta hacia la construcción social, de una nueva cultura global. 

De esta manera, a través de la globalización la sociedad, en donde se desarrollan los juegos, se posiciona y conecta con la economía global y las diversas circunstancias sociales que la rodean. Haciendo de las ciudades que albergan esta actividad se conviertan en un sitio privilegiado de la “sociedad red”. La ciudad huésped adquiere así un “rol protagónico” dado que todo el mundo mira de manera simultánea los juegos. Se promueven valores universales, junto con la estandardización y consumo de los valores deportivos. 

Para China, los Juegos Olímpicos, que se inauguran en Pekín, el próximo 8 de agosto, crean la expectativa de que los mismos traigan aparejados un reconocimiento para dicho país, como una civilización antigua, que se halla en un proceso de crecimiento acelerado, y con ellos se integre en la comunidad internacional. 

A la vez constituye una gran oportunidad para que las Olimpíadas representen la armonización entre oriente y occidente. Los términos “olimpiadas verdes”, “olimpíadas y alta tecnología” y “Las olimpíadas del pueblo” coinciden con una estrategia global de ese gobierno, basada en una idea de sostenibilidad científica, orientada al desarrollo armónico de personas, en una sociedad socialista. La Olimpíada en Beijing constituye un nuevo impulso para el proceso de modernización continuado de dicho país.


Alicia E. Kaufmann, catedrática de Sociología de la Universidad de Alcalá. Directora de Alika Nueva Visión

31 enero 2003

La globalización ultramoderna


Durante la última semana he tenido la oportunidad de participar en distintos proyectos en la más joven capital del Viejo Mundo (Berlín, reunificada en 1989) y en la más antigua capital del Nuevo Mundo (Santo Domingo, fundada por Bartolomé Colón en 1494). Un contraste inolvidable para reflexionar sobre la globalización, sus ventajas e inconvenientes.

Por encima de todas sus diferencias culturales y socioeconómicas, ambas capitales comparten el peso de los público (en Berlín, la capitalidad ha atraído a numerosos funcionarios públicos, pero no ha supuesto la vuelta de la industria y las empresas de servicios creados allí antes de la Guerra; en Santo Domingo, la política es una especie de “deporte nacional” y se viven apasionadamente las presidenciales cuando faltan seis meses para que se celebren) y se han convertido en grandes bazares donde casi todo está en venta. Son ciudades sin un particular reclamo turístico (los visitantes suelen ir, en un caso, a Munich o a través del Rhin y, en el otro, a Bávaro o Punta Cana como destino), en las que la mayor parte de la población no puede ni imaginar comprarse la mayor parte de los artículos que figuran en los escaparates (los dominicanos han pasado de un ratio dólar-peso de 1:16 en enero a 1:40 actualmente; más de la mitad de los berlineses viven de la Seguridad Social).
La Globalización de las marcas poderosas, que se basa en la eficiencia a ultranza, la maximización del beneficio y el traslado de los centros de producción a donde los salarios son más bajos y las condiciones laborales más indignas es el blanco de ataque de los movimientos antiglobalización. Se les suele responder que, merced a la tecnología y las comunicaciones, la globalización es un hecho incontestable. Ciertamente.

Sin embargo, la globalización no tiene sentido si no va acompañada de un calificativo que la defina. De hecho, no hay una globalización sino tres: la llamada “globalización moderna”, propia del capitalismo más salvaje, que tiende a unificar y mercantilizarlo todo. La opuesta, la “globalización postmoderna”, la del “todo vale”, que permite por ejemplo las tiranías, los despropósitos, la discriminación o la violencia de género so pretexto de que “así es su cultura y no conviene inmiscuirse”. En realidad, tan execrable como la anterior y la mejor excusa para los defensores de la globalización moderna. Y, afortunadamente, un tercer tipo de globalización, la “globalización ultramoderna” (término acuñado por el filosofo José Antonio Marina), que considera que, si bien existen distintas morales sólo hay una ética que compartimos todos los seres humanos, que combina derechos y obligaciones, libertad y responsabilidad, y que antepone la dignidad de la persona a cualquier justificación cortoplacista en lo económico, lo político o lo social.

El concepto ultramoderno de globalización se centra en el aprecio por la diversidad, por un enfoque integral de las organizaciones como agentes sociales que han de beneficiar a los clientes, los accionistas, los empleados y la sociedad en su conjunto, y en la fuerza de la identidad local para el progreso y la generación de riqueza. La globalización ultramoderna conecta con el humanismo occidental de Erasmo, Tomás Moro o Cervantes, pero también con los planteamientos humanistas que hay en el hinduismo, el budismo, el islamismo, etc. (Martin Seligman, uno de los mayores expertos mundiales en aprendizaje, considera que hay seis valores que comparten las distintas culturas). La ultramodernidad es, para lo humanistas, el enfoque adecuado para salir del atolladero de la globalización mal entendida.

Estamos lejos de conseguirlo. Pensemos en Wal-Mart, por citar un caso relevante. La compañía norteamericana de distribución se ha convertido en 2003 en la empresa más admirada del mundo, sobrepasando a la General Electric post-Welch. Y en el primer empleador de México, con más de 100.000 trabajadores fijos (el año pasado contrató a casi la mitad de los nuevos empleados fijos del país). Con sus precios bajos, impulso de la productividad, salarios al mínimo, fortísima presión sobre los proveedores y eliminación de los sindicatos, Wal-Mart ha cambiado las reglas del juego en México desde el más puro imperialismo cultural. Llegó al país azteca en 1991, y ahora factura allí 11.000 millones de dólares, más que todo el sector turístico. 

Pasan por sus 633 tiendas (la mitad, en el Distrito Federal) pasan 585 millones de clientes (unas seis veces el total de la población mexicana). Junto a McDonald’s y Domino’s pizzas, las tres cadenas estadounidenses han transformado el consumo de su vecino del sur desde que NAFTA (el Acuerdo de Libre Comercio en Norte América) entrara en vigor hace diez años. Sin embargo, la mayor parte de las compras de Wal-Mart (en textil, zapatería, juguetes, electrónica, incluso velas) no se realizan en México sino en China, porque el coste salarial por hora allí es de 0’72 $ frente a los 2’30 $ de promedio en Latinoamérica. China se ha convertido este año en el segundo exportador (tras Canadá) a Estados Unidos, superando por primera vez a México. Las exportaciones totales chinas han crecido un 17% anual durante la última década, en tanto México ha perdido 250.000 empleos solo en 2002 en las fábricas de su frontera con Estados Unidos. A este ritmo, en menos de dos décadas el 40% de la producción mundial se realizará en un país que prohíbe los sindicatos y las huelgas y donde se trabajan más de 60 horas semanales en condiciones infrahumanas.

La responsabilidad social de las empresas y los gobiernos pasa necesariamente por trabajar en pro de un modelo de globalización ultramoderna, que haga posible el desarrollo real de los países tanto o más que el progreso económico, que respete y defienda la identidad cultural de cada pueblo y simultáneamente el fomento de valores universales de la persona.